VIAJE INTERIOR

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El despertador sonó a las siete de la mañana, aunque hacía más de una hora que ya me había desvelado. La noche fue larga y tensa. Era mi primer viaje con la fundación y aunque me sabía preparado  para trabajar como enfermero, con las dificultades que mi profesión me exigía, me sentía como un niño perdido pensando en los días que venían por delante.  Después de prepararme y tener todo a punto me dirigí hacia la fundación con el alma en un puño. Allí me recibieron con la mayor de las alegrías y con las emociones a flor de piel. Un barullo de idas y venidas para prepararlo todo. Una preparación que como un rompecabezas iba ajustando de forma compacta todas las piezas para que todo saliera bien. Las fichas de los niños, la medicación que necesitábamos, los posibles problemas que podíamos tener, las facilidades, las dificultades, toda la logística preparada y pensada por unas personas que no dejaban en ningún momento de sonreír y de abrazarse, y en medio de todo eso me encontraba yo.

Así sin esperarlo empezaron a llegar los niños. Algunos casi que más alborozados que nosotros otros tímidos y temerosos como yo pensando donde se habían metido. Me fui presentando a todos los padres cuyos niños  habían asignado a mi cuidado. Intentando darles toda la confianza y profesionalidad que sentía en ese momento, para que nunca dudaran que sus hijos estaban a buen recaudo. En ese momento como por ciencia infusa entro en mi todo lo que llevaba atesorado en mi preparación como enfermero. Una paz llena de alegría empezó a ser compañera de mi viaje, tanto exterior como interior. Esos niños estaban a mi cuidado y con una firmeza que jamás creí tener, supe que todo iba a salir bien. Todo lo que me rodeaba era alegría y buenos propósitos y sentí que mis compañeros de viaje jamás me dejarían solo, que éramos un grupo compacto, que desde ese primer momento adultos y niños estábamos unidos por un lazo invisible, que no había jerarquía, que allí solo mandaba el amor a lo que se hacía, amor a esos niños, que la alegría era nuestro equipaje, que la confianza la compañera de habitación, que la felicidad de esos niños nuestro propósito.

Así empezó mi viaje interior con la fundación Blas Méndez Ponce. Un viaje llenos de recuerdos imborrables en donde cada uno de ellos está lleno de amor y gratitud hacia todos los que la conforman. Jamás me dieron más sin pedir nada a cambio. Ver como esos niños llegaban tímidos y con temor por la separación de sus padres y ver como día a día se iban abriendo como la más bella flor. De pedir con una mirada casi llorosa que se les protegiera a ser ellos los que protegían a los más necesitados. Unos niños que se iban transformando en unos pequeños hombrecitos llenos de valor y coraje. Unos niños que participaban y hacían participe de todas las emociones, que como una corriente eléctrica, corría por todos nosotros. Poco a poco, pasito a pasito de formar un grupo pasábamos a ser uno solo. A veces me hacían sentir que más que cuidarlos me cuidaban ellos a mí.

De superación y valentía están mis recuerdos plagados, de rostros de niños se llena mi mente cuando cierro los ojos, de momentos inolvidables y de risas esta mi corazón desbordado. Este ha sido mi pequeño paso dentro de tan grande fundación. Donde un granito de arena forma la más bella playa.

Actividades donde cada día se ponía a prueba la voluntad férrea de una fundación por llenar de felicidad a niños, padres, y voluntarios. Actividades llenas de risas y de momentos que te rompían el corazón al ver como esos pequeños se esforzaban por proteger y llenar de felicidad a otros niños y te hacían ver el bien que les hacia el estar fuera del amparo de sus padres para pasar ellos a ser los protectores llenos de paciencia y cariño incondicional. Eso mejor que nadie lo sabían Diego y Javi, no puedo remediar llenar mis ojos de lágrimas cuando os recuerdos apoyados uno en el otro para participar en todo aquello que se proponía. Cuanta confianza absoluta y cuanto dar sin medida, lo que aprendí con vosotros no se me olvidara nunca, ni los momentos tan especiales en los que me hicisteis partícipe. Más que vuestro cuidador fui vuestro amigo de risas y confidencias, de alegrías y dolores, aun siendo tan pequeños cuanto sabíais.

Y así paso a paso hasta llegar el día del regreso. Un regreso llenos de canciones y juegos en los que confirmábamos nuestro mutuo amor conseguido. Luego las despedidas llenas de abrazos y sonrisas en las que nos prometíamos volvernos a ver. Habíamos formado una gran familia y sabíamos que eso era indestructible. Más allá de nuestra vida estaban esos recuerdos llenos de unos rostros con enormes sonrisas y unos ojos cuajados de lágrimas por la despedida. Promesas de futuros encuentros eran nuestros adioses y así poco a poco nos íbamos quedando solos pero si algo teníamos claro es que eso no era verdad, que ya jamás estaríamos solos, que esos días transcurridos formarían parte de nuestra vida, guardados en un rinconcito de nuestro corazón para siempre jamás.

 

           DIEGO, enfermero de Oncología. Hospital Niño Jesús

 

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  1. Bea P.

    Sin palabras…
    Me siento muy identificada con el texto… Esa lazo invisible, el amor de la funda… Y esa superación y valentía que cada niño mete en nuestra maleta de vuelta…
    Gracias Diego por tus palabras 🙂

    • CONXA

      Pero cuanto amor Diego, es verdad todo lo que dices, convivir con estos niños es sumergirte en un mundo diferente, un mundo al que todos queremos llegar, un mundo lleno de todas esas palabras que están de moda, SOLIDARIDAD ( sobre todo entre ellos), ALTRUISMO, ( todo a cambio de nada) AMOR, este se derrocha, se regala, a todo aquel que se acerca. bueno y seguiría y seguiría……….. . Gracias Diego por formar parte de este GRAN PROYECTO

  2. Charo

    muy bien descrito lo que se siente formando parte de esta gran familia,las vivencias con la funda no son comparables con nada,son vínculos indestructibles.Gracias Diego.

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